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A la más meridional de las provincias andaluzas se accede tras cruzar el Guadalquivir, el río que vertebra nuestra comunidad. Cádiz supone un punto de encuentro de continentes y mares; Europa y África apenas distan 14 km, mientras Atlántico y Mediterráneo mezclan sus aguas en el Estrecho de Gibraltar. Esta situación ha condicionado factores ambientales e históricos, entre los primeros, es destacable su clima, con el contraste de recibir la mayor pluviometría del país en sus sierras, en plena España seca, y la frecuencia de sus vientos más renombrados, Levante y Poniente. La compleja Geología de Cádiz, en la que se presentan tres unidades predominantes (depósitos cuaternarios, areniscas y calizas) propicia una orografía que varía desde zonas de suaves colinas a abruptas sierras, con una vegetación que alterna desde parajes casi desérticos hasta frondosas laurisilvas únicas en la Europa continental, siendo destacables los pinares y alcornocales que se reparten las áreas boscosas. Sus costas alternan extensas playas con marismas y acantilados, y excepto en algunos tramos, la especulación la ha respetado. Nuestro tránsito por tierras gaditanas va a recoger todas estas apreciaciones, comenzando por los relieves suaves de las campiñas occidentales y la Bahía de Cádiz, para asomarnos a las costas de Chiclana, Conil y Barbate, y ya llegando a Tarifa, adentrarnos en las Sierras del Estrecho y Los Alcornocales, para abandonar la provincia rozando la Serranía de Grazalema. Este recorrido debe coger prevenido al cicloturista, que ha de saber que Cádiz nos recibirá con mucha suavidad y buenos modos, para despedirse exigiendo lo máximo de nuestras piernas, pero, sin duda, tras haber recompensado nuestros sentidos e incitarnos a volver a disfrutar de nuevo de sus muchos encantos.
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